Casi 500 personas en el Valle del Cauca respondieron una pregunta que pocos se atreven a hacer en serio: ¿comerías insectos? Los resultados desafían lo que cualquiera asumiría — ni el nivel educativo, ni el estrato socioeconómico, ni la ideología política explican quién está dispuesto a probarlos. Lo que sí importa es mucho más personal de lo esperado.
Carlos Arango Pastrana
Coautor
Resumen
La búsqueda de alternativas de proteína más sostenibles ha puesto a los insectos en el radar de investigadores, gobiernos y la industria alimentaria a nivel mundial. La entomofagia, es decir, el consumo de insectos, ha sido una práctica común en distintas culturas durante milenios, pero gran parte de la investigación científica sobre su aceptación se ha concentrado en Europa y Norteamérica, dejando un vacío importante en contextos como América Latina. Un equipo de investigadores de la Universidad del Valle decidió llenar ese vacío, indagando qué factores realmente determinan si una persona en Colombia estaría dispuesta a incluir insectos en su dieta.
El estudio recogió 489 encuestas entre clientes de supermercados del Valle del Cauca, entre marzo y julio de 2024, distribuidas principalmente por redes sociales y correo electrónico. El cuestionario, compuesto por 39 preguntas, midió once variables —desde la actitud hacia los insectos y el miedo a probar alimentos nuevos, hasta la ideología política y el poder adquisitivo— usando una escala de cinco puntos. Antes de aplicarlo de manera definitiva, se hizo una prueba piloto con 50 participantes para ajustar la claridad de las preguntas. Con esta información, los investigadores aplicaron un modelo de ecuaciones estructurales (PLS-SEM), una técnica estadística que permite analizar varias relaciones entre variables al mismo tiempo.
Los resultados mostraron que la actitud favorable hacia los insectos y la percepción de sus beneficios (nutricionales, ambientales, culinarios) aumentan la intención de consumirlos. En contraste, la neofobia alimentaria —el miedo a probar comidas nuevas—, la preocupación por la salud relacionada con los alimentos y la edad avanzada reducen significativamente esa intención: entre más mayor la persona, menos dispuesta está a probarlos. Lo más llamativo, sin embargo, fue lo que no resultó relevante: la conciencia ambiental, el nivel educativo, el estrato socioeconómico y la ideología política no mostraron relación significativa con la disposición a comer insectos, contradiciendo lo que estudios previos en otros países habían sugerido.
El estudio concluye que, en Colombia, la aceptación de los insectos como alimento depende sobre todo de factores psicológicos y perceptuales —cómo se siente la gente respecto a los insectos y qué tan abierta está a lo nuevo— más que de su nivel económico o sus posiciones ideológicas. Esto sugiere que las estrategias para promover este tipo de alimentos deberían enfocarse en cambiar percepciones y reducir el miedo a lo desconocido, especialmente entre los jóvenes, quienes mostraron mayor apertura. ¿Será que la verdadera barrera para comer insectos no está en la billetera ni en las creencias políticas, sino en qué tan dispuestos estamos, como sociedad, a desafiar lo que consideramos «comida normal»?
Nota: Este resumen fue generado con apoyo de Inteligencia Artificial y validado por el equipo investigador, con el propósito de ofrecer un lenguaje claro y práctico para la comunidad empresarial y académica.